Menos mal que no nací en Esparta

Mi hermano siempre me dice que yo en Esparta no habría durado ni diez minutos, que hubiera ido de cabeza al acantilado.

Y es que siempre he tenido alguna que otra tecla.

Primero las botas ortopédicas, unas botas pesadas e incomodas con las que tenía que hacer lo mismo que los otros críos con las zapatillas de deporte, correr, jugar a futbol, ir en bici y la gimnasia. Quizás por eso nunca fui bueno en ningún deporte.

Después un médico dijo que tenía epilepsia, aunque no me desmayaba ni me daban ataques. Mil millones de electroencefalogramas, no comas esto, no bucees, no hagas lo otro, y medicándome hasta los 19 años.

A los 19 años intente librarme de la mili (antes el servicio militar era obligatorio) por epilepsia, y el tribunal médico dijo que no era epiléptico. Toda la vida puteado con las pastillas y lo que podía y no podía hacer y resulta que estaba sano.

Por suerte ya era cegatón y me libre por miope.

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